Querida desconocida:
Esta es una epístola para ti, pero me gustaría que la escucharan todos ellos. Todos los que saben cómo son ellas.
Muchos son los afortunados, porque conocen el nombre de su amada. Puede que no la hayan conquistado todavía, pero al menos tienen un rostro, un nombre, un aroma, una pista que seguir. Algunos son afortunados porque pueden acercarse a la persona amada y proponerle cualquier cosa. Pueden apostar, arriesgarse, enloquecer, lo que sea, pero pueden hacerlo.
Yo solo tengo una esperanza. Ellos, sin embargo, tienen la esperanza y un objetivo por cumplir, por alcanzar. A mí me dijeron que sería escalador, pero sigo aquí, en la playa, esperando que la cumbre de mis sueños se alce ante mí para poder alcanzarla. Si te tuviera delante, no dudaría un momento.
Sé que enseguida intentaría hacer algo; me presentaría mostrando la mejor de mis sonrisas, te ofrecería cualquier cosa que te pudiera ser útil, te invitaría a sentarte y te preguntaría por tus sueños, por las cosas que te hacen sentir bien. Construiría un mundo de palabras para hacerte ver nuevos colores y jugaría con las manos a crear nuevos gestos que solo tú y yo pudiéramos identificar.
Afortunados los que pueden pronunciar el nombre de quienes aman, porque al hacerlo se han encontrado a sí mismos. Al encontrar a quien aman, han encontrado su propia identidad. No hay que tener más sueños que los compartidos con quienes pueden ser una parte de nosotros.
Mi querida desconocida, de veras tengo ganas de encontrarme contigo. Escribirte esta epístola es como adelantar imaginariamente el acontecimiento. No puedo ni tan siquiera intuir dónde estás, ni quién eres, ni dónde puedo encontrarme contigo, pero sé que existes, que eres algo real. Y esa es la única diferencia que quiero que tengas respecto a mis sueños. Pienso constantemente en nuestro encuentro y cada día que pasa estoy atento. Miro dos veces en cada lugar, en cada rincón, porque probablemente aparezcas casi sin anunciarte, casi sin decir que eres tú.
Es posible que ya estemos cerca y quizá no nos hayamos reconocido. Mira bien. Yo soy ese que te espera sin descanso, con atuendo de transparencia, con ánimo de compartir y una rosa entre mis manos. La rosa es para ti y el resto también.
Dichosos los amantes que saben el nombre de su amada, porque ya han hecho la mayor parte del camino cuando decidieron compartir su vida. Ahora solo les queda lo más importante, lo más sencillo. Aquello para lo que hemos sido creados, según dicen los grandes pensadores.
¿Alguien lo adivina?
Quien no sepa la respuesta, puede preguntar a su amada.
Ellas tienen la respuesta; de hecho, ellas tienen la respuesta a casi todo.