Hemos dicho en otras ocasiones que la vida se asemeja a un viaje fulminante y completamente imprevisible hacia lo incierto. He escuchado a personas que se han lamentado profundamente de lo deprisa que va todo, de que el viaje no estaba resultando tan placentero como les dijeron en el punto de partida, o que hay tramos del viaje donde preferirían bajarse para no seguir más. Reconozco que hay veces en las que todo el mundo ha deseado que las cosas no fuesen así y sin que fuera propósito de nadie, les dieron una hoja de ruta equivocada. Pero hay otras veces en las que todo el problema radica en el exceso de equipaje.
Las personas de nuestro tiempo viven en su gran mayoría afanadas en acumular todo cuanto puedan encontrar en el camino, como si fueran a vivir una eternidad. Echan a sus espaldas todo tipo de bártulos e intentan por todos los medios agrandar sus alforjas, porque su espalda ya no da más de sí. Y siguen cargando más cosas. Cosas inútiles, perecederas, no reciclables. Cosas que estarán ahí durante todo el viaje sin dar una utilidad justa.
De justicias podríamos hablar un largo rato, pero no servirían para hacernos comprender que hemos luchado contra la esclavitud durante tanto tiempo, a condición de crear nuestras propias cadenas, nuestros propios grilletes.
Hay que fijarse bien en la gente de la calle. ¿No te has dado cuenta? Andan un poco encorvados, con la mirada hacia abajo y muchas veces sin demasiada vitalidad. No, no es el frío, es todo lo demás, todo lo que no somos nosotros, es todo lo que no nos sirve aquí y ahora, en este presente momento, justo el que tenemos que disfrutar.
Creo que aquella pregunta de «qué nos llevaríamos a una isla desierta» ha pasado completamente de moda, porque todos sabemos, en nuestro interior, que para la mayoría un convoy de carga industrial no sería suficiente para satisfacer la inmensa avidez de cosas superfluas que nos han enseñado a necesitar.
Un viaje en la vida debió ser otra cosa. No sé… Había imaginado una caminata larga por un sendero acompañado de los míos y con los brazos libres, bien abiertos, esperando poder abrazar a alguien. ¿A cuántos de nosotros se nos ha escapado la chica de nuestra vida por no abrir los brazos a tiempo? Lo mismo se les podría decir a ellas.
Quizá sería una buena idea soltar todo lo que tenemos entre manos, pero claro, todo es demasiado caro para dejarlo caer. Hay que abrir esos brazos y dejar caer todo lo que tenemos para coger otras cosas aún más valiosas.