Los nombres. Quizá las palabras más bonitas que se hayan inventado. Las más emotivas que podamos pronunciar. Y no me refiero a los sustantivos, sino a los nombres propios, a los de personas, las sílabas que utilizamos para aludir a alguien, para llamar la atención, para reñir, para susurrar, para enamorar, para suspirar... ¿Y por qué no?, para maldecir también.
Son nombres muy especiales los de las personas que están en nuestro entorno. Y también los de quienes están lejos. Y los de quienes nunca hemos conocido.
Los nombres propios de las personas, tan ricos y variados, tan originales y evocadores, que los ilustres de la lengua —estos quisquillosos y estirados sabios de la palabra— han decidido no entrometerse.
Los nombres de personas —y, a veces de las no-personas— son tan especiales que, al ser pronunciados, abren una veda en nuestro corazón. Dejan circular libremente entre el exterior y nosotros un mundo de sentimientos que ningún otro concepto creado por el ser humano puede evocar. En ocasiones queremos u odiamos tanto a alguien que decir su nombre provoca un espasmo en nuestro cuerpo.
Pero qué curioso: a lo largo de la vida un nombre puede cambiar de significado para nosotros. Así, aquel nombre que fue el de una compañera de clase se convirtió en el nombre de nuestra pareja. Y un día se convierte en el nombre de nuestra hija. Cambiaron los sentimientos pasionales por el de un aspecto completamente nuevo en la vida.
Hay veces en las que se presentan ante nosotros personas cuyo nombre no habíamos oído jamás y, desde ese momento, pronunciarlo es evocar esa imagen, ese carácter, ese modo de hablar. Es difícil que no recordemos el nombre de una persona que ha sido importante para nosotros. Y es insufrible la frustración que tenemos cuando no recordamos el nombre de alguien.
Nuestra mente necesita etiquetar los rostros que pasan constantemente a diario ante nosotros. Y por eso utiliza los nombres. Bellas palabras que no significan nada en el diccionario. Pero que lo son todo en nuestra vida.
Usamos los nombres para crear círculos, burbujas que abrimos y cerramos en función de quién sea la persona. Usamos los nombres como una clave fácil de identificar que nos orienta mejor acerca de los muchos que nos rodean. Y es increíble cómo nuestra mente puede generar sensaciones tan dispares ante un mismo nombre que se refiere a personas distintas.
Los nombres propios, un invento tan útil como antiguo. Los nombres de los seres queridos. Palabras que pronunciamos menos de lo que deberíamos. Los nombres de aquellos que nos hicieron sentir.
A saber cuál es nuestro nombre… Y no me refiero precisamente al nuestro, sino al nombre de aquella persona que nos hizo sentir.
¿Cuál será nuestro nombre?