Seguro que todos recordamos algún momento de nuestra infancia. Eran tiempos felices, o quizá no tanto. Para unos será un momento cercano y para otros será como un paisaje en la lejanía, un horizonte deforme, casi irreconocible: tinta diluida en agua turbia. Pero no lo digo por el paso de los años.
El tiempo es el único inocente a quien culpamos de no recordar algo que quisimos olvidar.
Éramos niños y, de pronto, todo empieza a cambiar a nuestro alrededor y deja de ser tal como lo conocimos. Un día algo cambia y aquello que teníamos por costumbre ya no es tan asiduo, incluso deja de ser parte de nuestro día a día. Cosas que hacíamos con absoluta naturalidad ya no tienen tanto sentido en nuestro comportamiento. Nos dicen que ya no tenemos edad para esas tonterías. De repente la gente empieza a esperar cosas de nosotros. Los cumpleaños se celebran de un modo distinto, los regalos cambian. Empiezan a importarnos las tendencias, las cosas superfluas, los detalles, lo que piensan los demás. Dejamos de atender a lo simple para complicarlo todo.
Dejamos a un lado unos juguetes para comprar otros más caros y delicados, que nos satisfacen mucho menos. Usamos más la mente y menos la imaginación, y nuestras preguntas acerca de la vida y lo que nos rodea ya no se formulan o al menos no de la misma manera.
Nos ocurren cosas que ya no se resuelven con el abrazo de los nuestros, y lo de llorar y lamentarnos se ha convertido en algo tan pudoroso que comenzamos a hacerlo solos en la intimidad.
Nuestros padres han dejado de reñirnos y empiezan a hacerlo otras personas del exterior, cada vez por cosas más concretas y absurdas, y un día descubrimos que ya no dormimos para disfrutar de nuestros sueños. De hecho, ellos dejan de acudir por las noches y somos nosotros quienes comenzamos a perseguirlos durante el día.
—Hemos crecido —nos explican—, pero en realidad lo que ha cambiado son cosas de nuestro entorno. Cambia nuestro cuerpo, cambian las directrices, incluso debemos admitir en alguna ocasión que también cambian las amistades. Pero, ¿y nosotros? ¿Realmente hemos cambiado?
Parecía algo tan obvio que nadie nos avisó, y al sentirnos inseguros de tantos cambios repentinos, decidimos aparentar por un momento que dábamos la talla. Aparcamos todos los intereses de la infancia para atender plenamente a la demanda de ese nuevo mundo de mayores.
Pero la realidad, aunque no queramos reconocerlo, es que seguimos siendo aquellos pequeños niños asustados, solo que con un traje de talla algo más grande y con zapatos de tacón.
¿Realmente crecemos?
Yo no estaría tan seguro.