Doy mi palabra de que fue un momento completamente fugaz. Un instante tan efímero que nadie pudo verlo, nadie pudo saberlo. Ocurrió sin más, pero ocurrió.
Desde el asiento donde esperaba al metro, había escasamente unos pocos pasos que se vieron truncados por un traspié. Un tropiezo absurdo con los tacones de una señorita. Perdí el equilibrio irremisiblemente y estuve a punto de llegar al suelo, si no fuera por sus manos, que cogieron fuertemente las mías y, de un impulso inesperado, me devolvieron la estabilidad en un acto reflejo.
Mirándome a los ojos me dijo: «Perdona, no había sido mi intención».
¿Que no había sido su intención? ¿Personas que cogen de las manos y que piden disculpas mirando a los ojos? Hacía tiempo que no tenía noticias de que estos modales estuvieran en uso. ¿Me he perdido algo?
Después de asegurarme de que estaba completamente de pie, pude darme cuenta de que permanecimos con las manos unidas uno o dos segundos más y, en medio del ruido y una marea de gente que quería desembocar en los vagones del metro, intenté disfrutar intensamente del momento para grabar a fuego aquel recuerdo en mi mente. Creo que se dio cuenta pero, ¿qué me podía importar?
Descubrí entonces en sus manos un mundo de fantasía que se abrió a mis ojos. Hallé el roce de sus manos como una lluvia de pétalos de rosa. Un cosquilleo en un momento impensable que te provoca una sonrisa. Una piel tersa y blanca, salpicada de algún lunar escaso y fortuito que reveló sin querer un mundo de virtudes en aquella perfecta desconocida. Aquella extraña mujer que, pretendía del mejor modo que podía, disculparse en medio de la muchedumbre.
Ella se disculpaba y yo seguía inmerso en sus manos, en esa cuna de tersura imaginaria jamás antes comparada.
Nunca olvidaría aquellas manos.
Me han hablado de que en algún lugar de Australia han nacido flores con estambres de colores violáceos. Flores extremadamente delicadas, tan tiernas y frágiles que ningún hombre ha sido capaz de deshojar una de ellas pétalo a pétalo. Dicen que cuando los tocas se vuelven transparentes y que sobre los dedos solo queda una ínfima mancha de humedad, una gota de rocío, un recuerdo.
Algo así pude sentir en sus manos. No sé, estaba completamente seguro de que si caía en sus manos… Bueno, no nos engañemos: unas manos así no me dejarían caer.
La próxima vez que unas manos caigan en nuestras manos, no olvidemos cómo son. No nos olvidemos de observarlas bien y, sobre todo, de saber a quién pertenecen.
Podríamos necesitarlas.