Nacemos, crecemos, nos reproducimos y morimos, aunque no siempre ocurre en este orden. El ser humano es la única especie que, dentro de su mundo de necesidades ficticias, se ha permitido alterar el orden que estableció la naturaleza en un principio.
Nacemos y morimos, y después volvemos a nacer sin dejar de crecer.
A veces llegan a evitarse tragedias y decimos que hemos vuelto a nacer, pero esto es solo el principio de un día lleno de momentos en que cambiamos el orden establecido.
A veces sucumbimos del modo más absoluto, todo se vuelve turbio, el dolor nos desgarra las entrañas y sentimos morir por dentro aun con la sangre corriendo por nuestras venas. Perecemos en el intento de salir adelante y parece que ese será nuestro último día, pero, como siempre hay mil soles en el reverso de las nubes, pasado un tiempo las aguas vuelven a su cauce, nuestro optimismo se rejuvenece y volvemos a nacer.
Ya hemos superado una dificultad, la comprendemos, la asimilamos, adaptamos la enseñanza a nosotros y crecemos. Luego la comentamos, la confesamos, hablamos con los seres queridos… y a veces no tan queridos. Y a eso se le llama reproducirnos, porque dejamos gotas de nuestra existencia impresas en las almas de quienes nos escuchan. Llenamos de nuestra vida la de quienes están ahí. ¡Cuántas vidas le debemos a otras personas que nos han hecho nacer de nuevo!
Por otra parte, están los pasionales, son quienes por amor, nacen y mueren. Se enamoran, mueren y luego nacen.
Las palabras solo serían palabras si no les diéramos un sentido humano con nuestros hechos. Y ese orden sería invariable si no fuera por nosotros, los únicos animales que no respetamos las leyes. Solo una parte de nosotros, la más primitiva, sigue sin deslindarse por completo del orden divino.
Mientras tanto, nuestro corazón, el alma y muchos de nuestros órganos son capaces de procesar ese desorden de locos que hemos creado. El ser humano, a diferencia de todos los demás, siente la necesidad de cambiar de lugar todo cuanto se le dio durante la creación.
Suerte que no lo hemos conseguido por completo y, a pesar de los problemas y las alegrías, nuestro reloj biológico sigue respetando las reglas esenciales de la vida: nacer, crecer, reproducirnos y morir, justo así, dejando lo mejor para hoy, lo apetecible para después y lo incierto para el final.
Solo así lograremos disfrutar al romper ese orden maldito en todos los demás ámbitos de nuestra vida y demostrar que somos algo más que predecibles máquinas biológicas.
Por todo ello, si sabemos que una parte de nosotros aún va hacia el inevitable destino escrito en nuestros genes, quizá sea hora de rebelarnos y aprovechar para no arrepentirnos de nada.
Vamos a nacer de nuevo, vamos a crecer, y si morimos hoy, ¿qué más da? Mañana, cuando salga el sol, pase lo que pase, volveremos a nacer.