Mientras intentaba arropar a mi sobrino en su cama, justo antes de apagar la luz, me preguntó: «¿Qué es la vida?». Dios mío, hay que ver la de preguntas que tienen algunas veces estos retoños.
Para intentar satisfacer su curiosidad, pensé intensamente, bajo la presión de su mirada, en una metáfora que pudiera entender y donde no se desvelara tan crudamente el propósito de nuestra existencia. Pensé mucho, me esforcé y, afortunadamente, recordé una frase que me ayudó a explicárselo.
Le dije: «Verás, la vida... la vida es como un gran espectáculo de teatro, pero tenemos malos asientos y no comprendemos bien lo que está pasando. Los asientos son como nuestro destino y tenemos que cambiar de asiento después de cada acto. Cada nueva localidad que ocupamos está siempre más cerca del escenario. Y cuando por fin comprendemos completamente la trama, se acaba la función para nosotros y nos retiran del espectáculo: tenemos que marcharnos. Pero la función es muy larga y ocurren muchas cosas en ella.
Cuando cambiamos de asiento, nos toca una persona a nuestro lado con quien compartir el acto. Son pocos los asientos libres que se nos asignan, pero podemos elegir entre unos cuantos, de manera que también podemos decidir con quién estar. En ocasiones, hemos reído y llorado tanto con el que tenemos a nuestro lado que solicitamos un bono para dos o más personas y así cambiar los asientos de manera que siempre estemos juntos.
Hay un acomodador que es a quien pedimos todas estas cosas. Sabemos que está, sabemos lo que hace por nosotros, pero como todo está en penumbra, no sabemos cómo es verdaderamente. Nadie sabe su nombre, nadie conoce su rostro, pero lo que está claro es que su modo de asignar los asientos determina para siempre nuestra perspectiva de la obra de teatro y la de quienes están a nuestro alrededor.
Nosotros estamos para gozar y aplaudir, aunque hay algunos que se marchan a mitad de función porque han sido seleccionados para actuar en la obra entre bastidores y hacer que el espectáculo sea aún más perfecto. Pero lo realmente fascinante es que todos formamos parte de ese teatro y todos decidimos cómo queremos que sea».
Bueno, no tengo muy claro si me entendió, porque cuando terminé de explicarlo, ya se había dormido. Al quedarme solo con mis pensamientos, me di cuenta de que nunca me había parado a pensarlo de ese modo.
Pero ya que estamos sentados, ya que estamos bien acomodados, ¡qué diantre!, que continúe la función. Me gusta este asiento. Y si alguna vez no es demasiado cómodo, siempre podremos cambiarlo.