Tren

Tren

A la estación de las oportunidades ya no llega ningún tren. Todo es penumbra y silencio. Las vías se resignan ante el implacable relente que posa el óxido del desuso sobre su infinito lomo.

Cuando en la estación no circula ningún tren, el último vagón que ha pasado para quedarse son la soledad y la circunspección. Y ellos son el broche de hielo con un aura fantasmal de misterio que nadie puede romper. Allá a lo lejos, donde los raíles se juntan en un finísimo punto, queda la pregunta de la ausencia, el olor del metal frío, el otoño de un recuerdo. Todo se ha vuelto tan marchito que ni una edad glacial haría más desolador el inmutable orden de las cosas en la estación. Todo se convierte en una quietud. Todo es un paisaje inerte cuando no pasa ningún tren y nos preguntamos si quizá fue a otro lugar.

¿Acaso descarriló? No. Las oportunidades de la vida no descarrilan. Pasan por nuestro lado y, si no las cogemos, pueden desviarse; puede que no pasen más, pero mientras la existencia continúe, todos los trenes de fortuna y desatino seguirán circulando.

Si al observar nuestras posibilidades tenemos la sensación de ver un paisaje parecido, quizás sea hora de coger un tren. Las estaciones son lugares que visitamos muy poco, pero cuando lo hacemos es porque algo importante va a pasar en nuestra vida: el encuentro con un familiar, la despedida, un viaje por amor, una entrevista de trabajo…

No hay nada más emocionante que ver cómo se acerca la locomotora con aire altivo, arrastrando tras de sí todos sus vagones, sintiendo la vibración en nuestros pies, haciéndose más y más grande hasta que se detiene, abre sus puertas y trae hasta nosotros lo que estábamos esperando. Ese convoy de esperanza es así y nadie le pregunta adónde va ni de dónde viene. El tren es el único medio que nos permite ver infinidad de paisajes durante todo su recorrido. Nos invita a la lectura, a hablar por hablar, a escuchar la radio.

El tren está hecho para el viajero cuyo único motivo es viajar.

Pero mientras esperamos al tren de nuestra vida, la estación no tiene por qué ser un lugar desolado. Podemos movernos por los alrededores, ir a la cafetería, ver una puesta de sol, conocer a alguien y vivir una vida entera si queremos. Pero debemos estar muy pendientes, dirigir la mirada de vez en cuando al guardagujas, por si nos da una pista.

Pero, sobre todo, no hay que pensarlo dos veces cuando pase el tren de nuestra vida. Solo así tendremos garantía de que nuestra existencia sea un viaje impredecible, pletórico y absolutamente real.

Y, mientras nos decidimos o no, los viajeros irán y vendrán por nuestra estación y veremos a diario que el tren se acercará irremisiblemente hacia nosotros con un discreto advenimiento.

¿Será ese el nuestro?

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